Reapropiándose la esperanza: Antes de la elección del 1 de julio de 2018

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Mañana es la elección presidencial y no me siento entusiasmado.

En otras épocas lo hubiera estado. Ahora no tanto porque no me gusta que AMLO haya mostrado esa faz tan llena de pragmatismo y demagogia que lo hace compartir viaje con la ultraderecha religiosa, los fanáticos anti-ciencia o esos adversarios de antes que ahora se hace pasar por los nuevos conversos. ¿Elba Esther Gordillo? ¿El operador del fraude de 1988?

Me inquieta mucho además que haya tanto defensor entronizado de “la causa” tan refractarios ante los datos y la información, que no se atreven siquiera a poner en perspectiva sus recientes convicciones, defendidas con la ferocidad y frivolidad del nuevo converso, o el barrista futbolero. Me decepciona que no se distingan de los que siguen otras “causas” análogas en sus prácticas.

No es que los otros candidatos sean opciones siquiera. El cómplice de las corruptelas de EPN, ese payaso con aspiraciones fachas o el otro demagogo de la sonrisa sociópata, ninguno de ellos recibiría mi voto ni por accidente; pero uno esperaría más de quien, se supone, estaría defendiendo posiciones con las que uno en principio coincide. No veo programas factibles, y sí un montón de ocurrencias expresadas para ganar vítores y aclamaciones pero que, en el mejor de los casos, quedarán como acciones inconsecuentes respecto a los graves y urgentes problemas que afectan a México en estos tiempos, y además hay que considerar el clima de horror que cunde poco a poco a nivel internacional. Esto último me preocupa particularmente.

Hay tantos que han puesto sus esperanzas en esta campaña para afrontar lo que se padece por aquí: violencia, corrupción, pobreza, el desprecio de las autoridades por los ciudadanos, esa sensación de que el futuro no es el espacio para vivir mejor sino ese lapso incierto en el  que se teme siempre un horrible desenlace; y, ¿saben?,  no creo que la oferta actual esté al nivel de esas expectativas generalizadas.

La esperanza es muy frágil, y si se quiebra es muy difícil de reparar.

Me gustaría pensar que en el momento en que llegáramos a presenciar las incapacidades e insuficiencias del futuro gobierno (que, me temo, tarde o temprano vamos a presenciar) nos comportáramos como ciudadanos activos para corregir los rumbos de quienes hemos elegido, en vez de andar justificando los yerros nada más porque el actual es “uno de los nuestros”. Que ese “nosotros” ya se vaya volviendo incluyente más allá de colores y camisetas, y que tenga como objetivo el mejorar la vida de todos, con más justicia, libertad, bienestar, educación y conocimiento para todos, y que quienes obstaculicen o se opongan a estos objetivos sean los adversarios. Que ése “nosotros” no nada más aparezca con las tragedias y después de pasada la urgencia regresemos a las mismas.

La elección presidencial de mañana no va a significar un verdadero cambio si no asumimos nuestro papel como ciudadanos, y ya va siendo de que éso hagamos, gane quien gane.

Hay que volvernos dueños de nuestras esperanzas, gente.